En cada ser human@ existe un centro físico y energético que da ritmo al tiempo que ese ser llamará vida.

Físicamente, está en el centro de su pecho, como mirando apenas hacia la izquierda, refugiado en la bóveda perfecta de su tórax. Si hablamos del aspecto energético, es el maestro de la alquimia que transforma energía eléctrica en energía de pulso, ritmo, otro también energía vital, música de voluntad.

El corazón es el que detenta la capacidad de mostrar cuándo ese ser vive, respira, sueña, ama o decide. Todas esas y muchas otras actividades, que parecen salir de lo estrictamente biológico son, sin embargo, posibles porque ese corazón canta con una voz apenas audible, pero siempre presente.

Es por eso que el lenguaje humano le asigna el poder de decir qué cosas son, entre todas, las verdaderas: las cosas que hacemos de corazón.
No hay un límite claro entre lo mensurable del cuerpo y lo posible, desde la perspectiva más sutil del pensamiento y la voluntad. Algo “que sale del corazón” puede sentirse antes que medirse, pero nunca es invisible. Y lo que ha pasado por allí pasa a ser parte de nuestra historia personal. Por eso re-cor-dar es volver a pasar algo por el cor, el corazón en lenguas antiguas.

Pero, ¿dónde podemos encontrar esa unión intangible entre el cuerpo material y la identidad espiritual del ser humano? Una respuesta posible está en lo cíclico, lo rítmico, lo predecible.

La naturaleza que nos sustenta y nos abraza tiene pulsos repetidos que podemos observar para encontrarnos incluidos y acogidos en ellos. Todo lo que nos rodea es circular, con esa redondez perfecta en su imperfección vital.

La luz y la oscuridad, los ciclos estacionales, las vueltas de la tierra alrededor del Sol y el reflejo de la Luna, que nos afectan a todxs, cualesquiera sean nuestras latitudes.

Uno de los más ciertos y cercanos a la humanidad es el ciclo lunar, por ser quien rige la sangre menstrual, hacedora de la vida. Es por su influjo que el latido uterino gestó a cada corazón que vive y ha vivido sobre la tierra.

Por eso también podemos ver su fuerza en la anatomía de este órgano maravilloso con sus cuatro cámaras, ocupadas de hacer girar la sangre, que repite su son al fluir:

La aurícula derecha inicia la danza recibiendo la sangre que ha recorrido el cuerpo entero, que llega carboxigenada, con toda la memoria de su andar y va a reflejarse en la Luna Nueva, receptora de los deseos que guardamos en la parte simbólica de ese corazón.

De allí, sigue el curso hacia el ventrículo del mismo lado, que empieza la tarea de renovar esa sangre, enviándola hacia los pulmones; fluye así hacia la fase Creciente de la Luna, que asume el viaje de esos deseos, dándoles presencia.

Una vez oxigenada, vuelve al corazón por la aurícula izquierda, llena de la fuerza que nos transmite la redondez de la Luna Llena, espejo del cielo que nos muestra que seguimos siendo deseo y suspiro.

Toda esa fuerza que nos llega desde el centro y desde el cielo se vuelca en el ventrículo izquierdo, puerta de salida hacia el cuerpo, que espera esa energía renovada para seguir siendo movimiento y esperanza.

Por ese curso lleva la media Luna que va Menguando mientras reparte vida por los tejidos deseosos de su latido.

Esta ronda perfecta se repite miles y miles de veces y, aunque no estemos conscientes de ese movimiento, sentimos la fuerza de su presencia en cada cosa que nos emociona, nos conmueve o nos moviliza.

¿Dónde va tu mano cuando quieres pedir, agradecer o cuando señalas tu presencia en este mundo?

¿Dónde va tu mirada cuando en la noche despejada recuerdas a qué has venido?